
La violencia como fenómeno individual tiene connotaciones diferentes a las de la violencia que se ejerce en lo público, sea esta social, política o delictual. Las causas, formas y ejercicio de la violencia pública, han sido históricamente habladas y como fenómeno cultural se sanciona desde los códigos de ordenamiento y administración de los Estados y gobiernos. Esa violencia estructural de las sociedades se articula desde discursos geo-políticos que sostienen el orden histórico vigente. Por otra parte, los códigos penales de cada sociedad sancionan la violencia delictual, intentando mantener la buena convivencia social y la preservación del bien común.
Pero quiero en esta oportunidad referirme a una forma de particular de violencia que se ha institucionalizado con el nombre de violencia de género, nombre que elude e impide distinguir el nombre de quien ejerce y quien recibe la violencia, como si esta fuera paritaria y de iguales referencias en lo real. La violencia de la que quiero hablar es la violencia contra las mujeres; violencia endémica en las sociedades de dominio masculino que cruza los espacios privados y públicos, y tiene sus efectos directos en el cuerpo de las mujeres.
Este particular modo de violencia ha comenzado a nombrarse recientemente, históricamente ha sido dejada fuera del sistema de la justicia. La violencia contra las mujeres no es un fenómeno nuevo, pero su reconocimiento lo es, su visibilidad es efecto del trabajo de organizaciones de mujeres feministas, quienes a su vez han desarrollado estrategias múltiples para nombrarla, marcar sus particularidades, tipificarla como delito y por consiguiente llevarla al territorio de la ley; penarla y suprimirla.
Podríamos decir que la violencia social que se escenifica en el cuerpo de las mujeres es un fenómeno cultural, recientemente nombrado, que el lenguaje es pobre en lo específico y por lo tanto sus tipificaciones como delito son aun insuficientes para sancionarla y construir las representaciones culturales que apelan a su absoluto rechazo.
La cultura dominante ha naturalizado la desigualdad entre los géneros, ha construido lo masculino y lo femenino como una oposición jerárquica y desigual, mayoritariamente las actividades que reclaman poder, ejercicio de la actividad, la inteligencia racional y presencia pública son practicadas por hombres; pertenecen al ámbito de los valoraciones masculinas, las mujeres por su parte se definen por los rasgos humanos que corresponden a la pasividad, la sentimentalidad intuitiva que se ejerce en los ámbitos de profesiones y trabajos marcados por una mayor sedentariedad y relacionados con la afectividad y el cuidado de otros. El espacio familiar –a pesar de algunos cambios- pertenece aun al ámbito de lo privado, ocultado y/o protegido por las paredes de la casa.
Esta división de rasgos y atributos ha tenido efectos en los significados de género con que se nombra la violencia. Los actos relacionados con el ejercicio de la fuerza, la agresividad, comparecen legítimamente en la cultura como algo propio de lo masculino, más aún como una cualidad necesaria de la virilidad y de la práctica simbólica de la hombría, los imaginarios sociales aceptan este rasgo y lo han simbolizado en el lenguaje con las adjetivaciones de valiente, temerario, arriesgado, decidido, etc., características que incluso aparecen romantizados en figuras legendarias como el bandido honrado, el salvador de los débiles que tiene validez actual en las representaciones en comics con figuras de poder y fuerza asociados a un cierto heroísmo masculino. Las mujeres por su parte son definidas por la falta de relación con la violencia, lo que las situaría del lado del pacifismo, la bondad innata, la ternura, pero también en la sustracción del poder que requiere de la violencia. En las dinámicas de las relaciones entre los géneros la violencia como fenómeno cultural es atributo de lo masculino, el sujeto de la violencia es hombre y a las mujeres no les ha restado en el orden binario de los géneros otro lugar que el de la resta a la violencia, sustrayéndole el carácter de sujeto; en las relaciones de género las mujeres, permanecen en el lugar de objeto de la violencia masculina, su víctima.
Esta división de género relativa a los actos de violencia tiene como resultado en las prácticas sociales que las expresiones de sentimientos de ira, rabia, sentido de defensa, son connotados discursivamente de distinta manera si el sujeto que la ejerce es hombre o es mujer. La aceptación o el rechazo social en uno u otro género producen significaciones culturales en la manera como se nombra cuando se nombran los actos de violencia si estos son ejercidos por hombres o mujeres, dando cuenta del poder de los discursos y de su traducción en las valoraciones de género de la cultura en que vivimos.
Como fenómeno cultural nombrado en y por el lenguaje, la violencia posee asignaciones de géneros, produce y particulariza diferencias, otorgándole sentido cultural a sus latencias o manifestaciones, a sus expresiones reales o simbólicas.
La violencia, como acto expresivo de un impulso de rechazo al otro u otros -impulso que no siempre se transforma en acto violento-, simboliza el poder de los géneros: uno, (masculino) tiene la facultades de poseerla, transformarla en acto y más aun glorificarse por su ejercicio, y el otro (femenino) tiene la prescripción de la prohibición, la represión y la negación de su ejercicio. Esta diferencia debe ser pensada. De este modo se ha construido la dicotomía que hace de la violencia un atributo permitido a los hombres y un atributo sustraído a las mujeres, dejándolas naturalmente asociadas a la reclusión en una pasividad por la que han debido pagar el costo, de su la supresión: el silencio, la culpa, la disposición a padecimientos que se pueden traducir en baja de la autoestima, depresiones, melancolía y otras dolencias físicas y psíquicas.
Lo que parece grave en los discursos culturales de la llamada violencia de género es que sus significaciones representan la protección simbólica del agresor si es masculino y por defecto la absoluta desprotección a las mujeres, simbolizadas en la figuración de objeto, es decir, la víctima. La violencia simbólica significada en el discurso corresponde a la figura de la representación binaria de los géneros en que uno se significa por ser el dominador y el otro por estar dominado- en este caso dominada.
En estas circunstancias, la apelación feminista frente a los discursos de la violencia de género, no puede ser otra que a realizar el doble ejercicio de desconstruir, tanto en las prácticas como en el lenguaje, el binarismo sujeto/masculino/objeto femenino, lo que nos exige pensar nuestra relación con la violencia, posicionarnos como sujeto; de lo contrario estaremos contribuyendo a perpetuar la violencia simbólica que se articula en los imaginarios y los discursos sociales dominantes que se traducen de la máquina de poder masculino que pone en funcionamiento la violencia contra las mujeres. La llamada violencia de género es violencia contra las mujeres.
La “violencia simbólica” ( Bordieu) nombrada así para distinguirla de la violencia real y concreta ejercida sobre un cuerpo, con resultado de daño físico de distinta gravedad, es una producción masculina inscrita en los lenguajes y los códigos de comunicación culturalmente aceptados, su principal efecto es mantener el sistema de dominio masculino. Bordieu la distingue de otras violencias, porque es inmaterial, invisible y poderosa como todo código de significación, que afirma y re-confirma la permanencia de los poderes instituidos.
La violencia contra las mujeres se particulariza –entre otros rasgos- por un agresor protegido por las representaciones de quien ejerce y de quien padece la violencia, permitiendo a un género su práctica, mientras el otro ha quedado a la intemperie, paralizado por su prohibición.
Cómo re-significar -con nuestras palabras, palabras de mujeres- las representaciones de una violencia caracterizada por la cobardía de quien la ejerce sobre un cuerpo más débil físicamente; cómo nombrar los gestos atroces de ensañamiento con un sujeto sin poder como son la mayoría de los actos contra mujeres que padecen violencia; cómo particularizar la miseria humana que se esconde en un sujeto que se constituye en la práctica del amedrentamiento que se traduce en la amenaza; cómo nombrar lo abominable de un sujeto que se autoriza a violar, digo a forzar prácticas sexuales sin consentimiento.
Creo que para realizar estos actos de lenguaje que nos situarían en el poder de defender un derecho fundamental -como es el de nombrar la experiencia de una sujeto social expuesta a la violencia masculina- tenemos que ejercitar una conexión y reconocimiento con nuestras pulsiones de rabia, de ira, de indignación, de desprecio, de ilegitimidad hacia quien ejerce violencia contra nosotras, lo que nos sitúa en el poder de ejercitar al menos la “digna rabia” femenina de nombrar y significar en un lenguaje fuerte lo detestable y despreciable del sujeto violento.
Me parece que una de las acciones feministas necesarias en la actualidad es situarnos y nombrarnos como sujetos de poder frente a la violencia simbólica que nombra como violencia de género las prácticas simbólicas que perpetúan el orden dominante.